Niebla de Unamuno (Cap. 31)

  

Unamuno

Al público

Cuando me anunciaron su visita sonreí y le mandé pasar a mi despacho.

Entró en él como un fantasma, miró a un enorme retrato mío al óleo que preside mi librería, y a una seña mía se sentó, frente a mí.

Empezó hablándome de mi obra, demostrando conocerla bastante bien, lo que no dejó, ¡claro está! de halagarme, y en seguida empezó a contarme su vida y sus desdichas. Había leído un ensayo mío en que, aunque de pasada, hablaba del suicidio, y no quiso dejar este mundo sin haberme conocido. Le atajé diciéndole que se ahorrase aquel trabajo, pues de las vicisitudes de su vida sabía yo tanto como él, y se lo demostré citándole los más íntimos pormenores y los que él creía más secretos. Me miró con ojos de verdadero terror y como quien mira a un ser increíble; creí notar que se le alteraba el color y la traza del semblante y que hasta temblaba. Le tenía yo fascinado.


Augusto

¡Parece mentira! ¡Parece mentira!... No sé si estoy despierto o soñando...

 

Unamuno

Ni despierto ni soñando.

 

Augusto

No me lo explico..., no me lo explico; pero puesto que pareces sabes sobre mí tanto como yo mismo, a lo mejor sabes que es lo que voy a hacer...

 

 

Unamuno

Sí. Tú, tú, abrumado por tus desgracias, has concebido la diabólica idea de suicidarte, y antes de hacerlo, movido por algo que has leído en uno de mis últimos ensayos, vienes a consultármelo.

 

(Augusto tiembla, azogado, mirando a Unamuno como un poseído. Intenta levantarse; no puede, no tiene fuerzas)

 

¡No, no te muevas!

 

Augusto

Es que..., es que...

 

Unamuno

            Es que tú no puedes suicidarte, aunque lo quieras.

 

Augusto

¿Cómo?

 

Unamuno

            Sí. Para que uno se pueda matar a sí mismo, ¿qué es menester?

 

Augusto

Que tenga valor para hacerlo

 

Unamuno

            No, ¡que esté vivo!

 

Augusto

¡Desde luego!

 

 

Unamuno

            ¡Y tú no estás vivo!

 

Augusto

¿Cómo que no estoy vivo? ¿Es que he muerto?

 

Unamuno

¡No, hombre, no! Te dije antes que no estabas despierto ni dormido, y ahora te digo que no estás ni muerto ni vivo.

 

Augusto

¡Acabe usted de explicarse de una vez, por Dios! ¡Acabe de explicarse!

Porque son tales las cosas que estoy viendo y oyendo esta tarde, que temo volverme loco.

 

Unamuno

Pues bien: la verdad es, querido Augusto, que no puedes matarte porque no estás vivo, ni tampoco muerto, porque no existes...

 

Augusto

¿Cómo que no existo?

 

Unamuno

No, no existes más que como ente de ficción; no eres, pobre Augusto, más que un producto de mi fantasía y de las de aquellos de mis lectores que lean el relato que de tus fingidas venturas y malandanzas he escrito yo; tú no eres más que un personaje de novela, o de nivola, como quieras llamarle. Ya sabes, pues, tu secreto.

 

Augusto

(pausa larga, mirando a Unamuno y todo lo que le rodea, pensando)

Mire usted bien, don Miguel..., no sea que esté usted equivocado y que ocurra precisamente todo lo contrario de lo que usted se cree y me dice.

 

Unamuno

Y ¿qué es lo contrario?

 

Augusto

No sea, mi querido don Miguel que sea usted y no yo el ente de ficción, el que no existe en realidad, ni vivo ni muerto... No sea que usted no pase de ser un pretexto para que mi historia llegue al mundo...

 

Unamuno

¡Eso más faltaba!

 

Augusto

No se exalte usted así, señor de Unamuno, tenga calma. Usted ha manifestado dudas sobre mi existencia...

 

Unamuno

Dudas, no; certeza absoluta de que tú no existes fuera de mi producción novelesca.

 

Augusto

Bueno, pues no se incomode tanto si yo a mi vez dudo de la existencia de usted y no de la mía propia. Vamos a cuentas: ¿no ha sido usted el que no una, sino varias veces, ha dicho que Don Quijote y Sancho son no ya tan reales, sino más reales que Cervantes?

 

Unamuno

No puedo negarlo, pero mi sentido al decir eso era...

 

Augusto

Bueno, dejémonos de esos sentires y vamos a otra cosa. Cuando un hombre dormido e inerte en la cama sueña algo, ¿qué es lo que más existe? ¿él como conciencia que sueña, o su sueño?

 

Unamuno

¿Y si sueña que existe él mismo, el soñador?

 

Augusto

En ese caso, amigo don Miguel, le pregunto yo a mi vez: ¿de qué manera existe él, como soñador que se sueña, o como soñado por sí mismo? Y fíjese, además, en que al admitir esta discusión conmigo me reconoce ya existencia independiente de sí.

 

Unamuno

¡No, eso no! ¡Eso no! Yo necesito discutir, sin discusión no vivo y sin contradicción, y cuando no hay fuera de mí quien me discuta y contradiga, invento dentro de mí quien lo haga. Mis monólogos son diálogos.

 

Augusto

Y acaso los diálogos que usted forje no sean más que monólogos...

 

Unamuno

Puede ser. Pero te digo y repito que tú no existes fuera de mí...

 

Augusto

Y yo vuelvo a insinuarle a usted la idea de que es usted el que no existe fuera de mí y de los demás personajes a quienes usted cree haber inventado. Seguro estoy de que serían de mi opinión don Avito Carrascal y el gran don Fulgencio...

 

Unamuno

No mientes a ese...

 

Augusto

Bueno, basta; no le moteje usted. Y vamos a ver, ¿qué opina usted de mi suicidio?

 

Unamuno

Pues opino que como tú no existes más que en mi fantasía, te lo repito, y como no debes ni puedes hacer sino lo que a mí me dé la gana, y como no me da la real gana de que te suicides, no te suicidarás. ¡Lo dicho!

 

Augusto

Eso de no me da la real gana, señor de Unamuno, es muy español, pero muy feo. Y además, aun suponiendo su peregrina teoría de que yo no existo de veras y usted sí, de que no soy más que un ente de ficción, producto de la fantasía novelesca o nivolesca de usted, aun en ese caso yo no debo estar sometido a lo que llama usted su real gana, a su capricho. Hasta los llamados entes de ficción tienen su lógica interna...

 

Unamuno

Sí, conozco esa cantata.

 

Augusto

En efecto; un novelista, un dramaturgo, no pueden hacer en absoluto lo que se les antoje de un personaje que creen; un ente de ficción novelesca no puede hacer, en buena ley de arte, lo que ningún lector esperaría que hiciese...

 

Unamuno

Un ser novelesco tal vez...

 

Augusto

¿Entonces?

 

Unamuno

Pero un ser nivolesco...

 

Augusto

Dejemos esas bufonadas que me ofenden y me hieren en lo más vivo. Yo, sea por mí mismo, según creo, sea porque usted me lo ha dado, según supone usted, tengo mi carácter, mi modo de ser, mi lógica interior, y esta lógica me pide que me suicide...

 

Unamuno

¡Eso te creerás tú, pero te equivocas!

 

Augusto

A ver, ¿por qué me equivoco? ¿En qué me equivoco? Muéstreme usted en qué está mi equivocación. Como la ciencia más difícil que hay es la de conocerse a uno mismo, fácil es que esté yo equivocado y que no sea el suicidio la solución más lógica de mis desventuras, pero demuéstremelo usted. Porque si es difícil, amigo don Miguel, ese conocimiento propio de sí mismo, hay otro conocimiento que me parece no menos difícil que él...

 

Unamuno

¿Cuál es?

 

Augusto

Pues más difícil aún que el que uno se conozca a sí mismo es el que un novelista o un autor dramático conozca bien a los personajes que finge o cree fingir... E insisto en que aun concedido que usted me haya dado el ser y un ser ficticio, no puede usted, así como así y porque sí, porque le dé la real gana, como dice, impedirme que me suicide. (Unamuno pierde la paciencia)

 

Unamuno

¡Bueno, basta! ¡Basta! ¡Cállate! ¡No quiero oír más impertinencias!... ¡Y de una criatura mía! Y como ya me tienes harto y además no sé ya qué hacer de ti, decido ahora mismo no ya que te suicides, sino matarte yo. ¡Vas a morir, pues, pero pronto! ¡Muy pronto!

 

Augusto

¿Cómo? ¿Que me va a dejar usted morir, a hacerme morir, a matarme?

Unamuno

¡Sí, voy a hacer que mueras!

 

Augusto

¡Ah, eso nunca! ¡Nunca! ¡Nunca!

 

Unamuno

¡Ah! ¿Conque estabas dispuesto a matarte y no quieres que yo te mate? ¿Conque ibas a quitarte la vida y te resistes a que te la quite yo?

 

Augusto

Sí; no es lo mismo...

Unamuno

En efecto, he oído contar casos análogos. He oído de uno que salió una noche armado de un revólver y dispuesto a quitarse la vida; salieron unos ladrones a robarle, le atacaron, se defendió, mató a uno de ellos, huyeron los demás, y al ver que había comprado su vida por la de otro renunció a su propósito.

 

Augusto

Se comprende; la cosa era quitar a alguien la vida, matar a un hombre, y ya que mató a otro, ¿a qué había de matarse? Los más de los suicidas son homicidas frustrados; se matan a sí mismos por falta de valor para matar a otros...

 

Unamuno

¡Ah, ya te entiendo, Augusto, te entiendo! Tú quieres decir que si tuvieses valor para matar a Eugenia o a Mauricio, o a los dos, no pensarías matarte a ti mismo, ¿eh?

 

Augusto

¡Mire usted, precisamente a esos... no!

Unamuno

¿A quién, pues?

Augusto

¡A usted!

 

Unamuno

¿Cómo? ¿Cómo? Pero, ¿se te ha pasado por la imaginación matarme?, ¿tú?, ¿y a mí?

 

Augusto

Siéntese y tenga calma. ¿O es que cree usted, amigo don Miguel, que sería el primer caso en que un ente de ficción, como usted me llama, matara a quien creyó darle el ser... ficticio?

 

Unamuno

¡Esto ya es demasiado, esto pasa de la raya! Esto no sucede más que...

Augusto

Más que en las nivolas

 

Unamuno

¡Bueno, basta! ¡Basta! ¡Basta! ¡Esto no se puede tolerar! ¡Vienes a consultarme a mí, y tú empiezas por discutirme mi propia existencia, después el derecho que tengo a hacer de ti lo que me dé la real gana, sí, así como suena, lo que me dé la real gana, lo que me salga de...!

 

Augusto

No sea usted tan español, don Miguel...

 

Unamuno

¡Y eso más, mentecato! ¡Pues sí, soy español, español de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de lengua y hasta de profesión y oficio; español sobre todo y ante todo, y el españolismo es mi religión, y el cielo en que quiero creer es una España celestial y eterna, y mi Dios un Dios español, el de Nuestro Señor Don Quijote; un Dios que piensa en español y en español dijo: ¡sea la luz!, y su verbo fue verbo español...!

 

Augusto

Bien, ¿y qué?

 

Unamuno

Y luego has insinuado la idea de matarme. ¿Matarme? ¿A mí? ¿Tú? ¡Morir yo a manos de una de mis criaturas! No tolero más. Y para castigar tu osadía y esas doctrinas disolventes, extravagantes, anárquicas, con que te me has venido, resuelvo y fallo que te mueras. En cuanto llegues a tu casa te morirás. ¡Te morirás, te lo digo, te morirás!

 

Augusto

Pero ¡por Dios!

(tembloroso y pálido)

 

Unamuno

No hay Dios que valga. ¡Te morirás!

(implacable)

 

Augusto

Es que yo quiero vivir, don Miguel, quiero vivir, quiero vivir...

Unamuno

¿No pensabas matarte?

 

Augusto

¡Oh, si es por eso, yo le juro, señor de Unamuno, que no me mataré, que no me quitaré esta vida que Dios o usted me han dado; se lo juro... Ahora que usted quiere matarme, quiero yo vivir, vivir, vivir...!

Unamuno

¡Vaya una vida! (con pena)

 

Augusto

Sí, la que sea. Quiero vivir, aunque vuelva a ser burlado, aunque otra Eugenia y otro Mauricio me desgarren el corazón. Quiero vivir, vivir, vivir...

 

Unamuno

No puede ser ya..., no puede ser...

 

Augusto

Quiero vivir, vivir... y ser yo, yo, yo.

Unamuno

Pero si tú no eres sino lo que yo quiera...

 

Augusto

¡Quiero ser yo, ser yo! ¡Quiero vivir!

 

Unamuno

No puede ser..., no puede ser...

 

Augusto

Mire usted, don Miguel, por sus hijos, por su mujer, por lo que más quiera... Mire que usted no será usted..., que se morirá...

(de rodillas)

¡Don Miguel, por Dios, quiero vivir, quiero ser yo!

 

Unamuno

¡No puede ser, pobre Augusto -le dije, cogiéndole de una mano y levantándole-, no puede ser! Lo tengo ya escrito y es irrevocable; no puedes vivir más. No sé qué hacer ya de ti. Dios, cuando no sabe qué hacer de nosotros, nos mata. Y no se me olvida que pasó por tu mente la idea de matarme...

 

Augusto

Pero si yo, don Miguel...

 

Unamuno

No importa; sé lo que me digo. Y me temo que, en efecto, si no te mato pronto acabes por matarme tú.

 

Augusto

Pero ¿no quedamos en que...?


Unamuno

No puede ser, Augusto, no puede ser. Ha llegado tu hora. Está ya escrito y no puedo volverme atrás. Te morirás. Para lo que ha de valerte ya la vida...

 

Augusto

Pero ¡por Dios!...

 

Unamuno

No hay pero ni Dios que valgan. ¡Vete!

 

Augusto

¿Conque no, eh? ¿Conque no? No quiere usted dejarme ser yo, salir de la niebla, vivir, vivir, vivir, verme, oírme, tocarme, sentirme, dolerme, serme. ¿Conque no lo quiere? ¿Conque he de morir ente de ficción? Pues bien, mi señor creador don Miguel, también usted se morirá, también usted, y se volverá a la nada de que salió... ¡Dios dejará de soñarle! ¡Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no lo quiera; se morirá usted y se morirán todos los que lean mi historia, todos, todos, sin quedar uno! ¡Entes de ficción como yo; lo mismo que yo! Se morirán, todos, todos, todos. Os lo digo yo, Augusto Pérez, ente ficticio como vosotros, nivolesco, lo mismo que vosotros. Porque usted, mi creador, mi don Miguel, no es usted más que otro ente nivolesco, y entes nivolescos sus lectores, lo mismo que yo, que Augusto Pérez, su víctima...


Unamuno

¿Víctima?

 

Augusto

¡Víctima, sí! ¡Crearme para dejarme morir! ¡Usted también se morirá! El que crea se crea y el que se crea se muere. ¡Morirá usted, don Miguel; morirá usted y morirán todos los que me piensen! ¡A morir, pues!


Unamuno

(a público)

Este supremo esfuerzo de pasión de vida, de ansia de inmortalidad, le dejó extenuado al pobre Augusto. Le empujé a la puerta, por la que salió cabizbajo, mientras se tanteaba, como si dudase ya de su propia existencia. Yo, cerré la puerta y me enjugué una lágrima furtiva.